TERCER DOMINGO DE PASCUA

La narración que ahora hemos acabado de escuchar es una de las más bonitas del Evangelio. Repasémosla y procuremos sacar consecuencias prácticas para nuestra vida cristiana.

Los dos discípulos dejaron Jerusalén e iban al pueblo de Emaús, tristes por la muerte de Jesús.

Tenían para sus adentros un lío, que no se entendían. Por una parte, consideraban a Jesús un gran profeta en obras y milagros, y, por la otra, nuestras autoridades, lo habían condenado a muerte, y había muerto en una cruz. Era el domingo por la tarde, solamente hacía dos días que Jesús había muerto en el calvario.

Su fe en Jesús era titubeante. Ellos esperaban que Jesús seria el libertador del pueblo de Israel, y ahora ya no lo esperaban.

Estaban llenos de dudas. Por un lado, sabían que unas mujeres fueron al sepulcro y que lo habían encontrado vacío y habían visto unos ángeles que les habían dicho que Jesús vivía, pero ellos no se lo acababan de creer.

A estos dos discípulos, llenos de dudas, titubeantes en la fe y tristes, es cuando Jesús se les acerca y les pregunta de que hablaban. Ellos, extrañados, le responden que si no sabe lo que ha pasado aquellos días en Jerusalén sobre Jesús: "El caso de Jesús de Nazaret. Se había revelado como un profeta poderoso en obras y palabras ante Dios y  el pueblo. Los grandes sacerdotes y las autoridades de nuestro pueblo lo entregaron para que  fuera condenado a muerte y crucificado" (Lc 24,19-20).

Jesús les dice: "Sí que os cuesta  entender! Qué corazones tan indecisos en  creer aquello que habían anunciado los profetas! ¿No tenía que padecer todo esto el Mesías antes de entrar  en su gloria?" (Lc 24,25-26).

Aquellos hombres van cambiando poco a poco y cuando llegaban a  Emaús, le dicen: "Quédate con nosotros, que ya es tarde, y el día ha empezado a declinar"(Lc 24,29).

Ya no estaban tristes, habían cambiado; ya no eran ellos mismos, su corazón ya estaba preparado para conocer a Jesús y le invitan a entrar. "Jesús entra para quedarse con ellos. Cuando se hubo sentado con ellos a mesa, tomó el pan, dijo la bendición, lo partió y se lo daba. En aquel momento se les abrieron los ojos y lo reconocieron, pero él desapareció" (Lc 24, 29-31). Lo conocieron en la fracción del pan, y llenos de alegría volvieron a Jerusalén, diciendo: Cristo ha resucitado, y nosotros lo hemos conocido en la fracción del pan.

Se habían convertido. De la tristeza pasan a la alegría, su fe ya no es titubeante, las dudas han desaparecido, y su conducta no es la misma. Vuelven a Jerusalén y dan testimonio de la resurrección de Jesús.

Apliquémonos la palabra del evangelio a nuestra vida cristiana y especialmente en esta reunión litúrgica que estamos celebrando.

Quizás nuestra fe es una fe titubeante, como la de los discípulos de Emaús, y estamos llenos de dudas, tristes como ellos, porque las cosas no van como nosotros quisiéramos. En esta asamblea, el Señor se acerca a nosotros y nos dice, como dijo a los discípulos de Emaús: ¡Hombres y mujeres de poca fe! Qué corazones tan indecisos en creer.

El Señor, que está en medio nuestro, nos habla por su palabra de Maestro y  por las lecturas bíblicas que hemos leído.

Santo Pedro, en la segunda lectura, nos decía que hemos sido redimidos, no por oro y plata, sino por la sangre del cordero inmaculado, y el evangelio nos ha explicado que, al oír al Señor, el corazón de los discípulos quemaba. En cambio, nuestros corazones quedan muchas veces apagados, después de escuchar la palabra de Dios, del misma manera que hemos entrado. Hermanos!, si escucháramos bien y Él penetrara dentro de nosotros, como el agua de la lluvia penetra en la tierra, seguramente que seríamos mejores, más entusiastas de Cristo, y sabríamos dar testimonio, delante de todo el mundo, de la resurrección de Jesús. Nos falta entusiasmo.

Permitidme una anécdota. Un domingo fui al campo de fútbol de Barcelona, y al ver el entusiasmo y los gritos de los asistentes, me vino este pensamiento: si nuestros cristianos tuvieran el mismo entusiasmo por Jesucristo, yo ya estaría contento.

Continuemos en el evangelio. Se sentarse en la mesa y lo reconocieron en la fracción del pan. Nosotros también nos sentamos en la mesa eucarística, pero quizás no lo reconocemos, porque lo hacemos de una manera rutinaria y sin tener conciencia de lo que estamos haciendo.

Cristianos que me escucháis, esforcémonos en reconocer a Jesús en la fracción del pan. Los discípulos de Emaús cambiaron, se convirtieron. También nosotros, al conocer a  Jesús en la fracción del pan, tendríamos que  ser otros.

Ellos volvieron a Jerusalén y dieron testimonio de la resurrección de Cristo.

Nosotros deberíamos volver a nuestros hogares y dar testimonio de su resurrección, como han hecho tantos mártires, santos y santas que dieron su sangre y su vida por el Señor.

Que paséis un buen domingo.